4 de julio de 2012

El efecto del fracaso en las organizaciones...y la vida

La palabra fracaso ha tenido a lo largo de la historia una connotación negativa debido a los sentimientos de preocupación, pena y ansiedad que provoca entre la gente que lo ha experimentado.  Debido a esto, poca gente se cuestiona la importancia que tiene el fracaso en el desarrollo de las personas, las empresas y la sociedad en general.  Pero seamos honestos, donde estaríamos sin el fracaso y el éxito subsecuente al que nos puede llevar? Muchos de los grandes avances científicos y tecnológicos fueron desarrollados mediante largos periodos de prueba y error y fueron posibles por el constante deseo de las personas de aprender de sus errores.  Los bebes aprenden a gatear y luego a caminar mediante un proceso que logra transformar los constantes fracasos en éxito.  Sus caídas nunca han sido vistas como un fracaso sino como un proceso normal de su crecimiento y desarrollo.  Entonces, a partir de cuándo nos olvidamos de esto? Porque conforme vamos creciendo nos volvemos tan obsesivos con evitar el fracaso?  
De acuerdo a estudios realizados por la psicóloga Carol Dweck en la Universidad de Stanford, pareciera que hemos estado enviando el mensaje equivocado a nuestros hijos en relación a este tema, y mucho de esto proviene del diseño del sistema educativo actual.  Dweck ha pasado décadas demostrando como la habilidad de aprender de nuestros errores y fracasos es un ingrediente crucial para la educación. Comúnmente, los profesores suelen motivar a sus estudiantes resaltando su “inteligencia innata”; pero muy pocas veces los estudiantes son reconocidos por su constante esfuerzo.  Uno de los estudios más relevantes realizados por la psicóloga se llevo a cabo en 12 diferentes escuelas de New York e involucró a más de 400 alumnos de quinto grado.  Los estudiantes fueron sacados de sus clases y se les entregó un fácil examen de secuencias no verbales.  Luego de que los alumnos terminaban, los investigadores les entregaban la nota y les daban una frase de retroalimentación.  La mitad  recibió un reconocimiento verbal por su inteligencia, mediante la frase “eres bastante habilidoso para esto” y la otra mitad fue reconocida por su esfuerzo mediante la frase “tienes que haberte esforzado mucho para obtener este resultado”.  Luego de haber finalizado el primer ejercicio, los estudiantes tenían que seleccionar entre dos exámenes subsecuentes.  El primero fue descrito por los investigadores como difícil, pero se les dijo a los niños que aprenderían bastante si lo tomaban.  La otra opción era un examen fácil, similar al primero que habían realizado.  Del grupo de niños que fue reconocido por su esfuerzo, el 90% seleccionó el examen más difícil.  Sin embargo, del grupo que fue reconocido por su inteligencia, la gran mayoría seleccionó la opción más fácil.  Como conclusión, cuando reconocemos a los niños por su inteligencia, les enviamos el mensaje que deben evitar todo tipo de errores que puedan dañar su imagen de “inteligentes”.

En otro experimento, Dweck demostró como este miedo al fracaso estaba afectando negativamente el aprendizaje.  Esta vez, les proporcionó a este mismo grupo de alumnos otro examen.  Esta vez, el examen fue diseñado para ser extremadamente difícil para su edad; con el fin de analizar como los estudiantes responderían al reto.  Los estudiantes que fueron reconocidos por su esfuerzo, trabajaron arduamente para descifrar los ejercicios; mientras que los “inteligentes” se desmotivaron fácilmente pensando que tal vez no eran tan sobresalientes como les habían dicho.  Luego de terminar este difícil examen, los dos grupos de estudiantes tenían que escoger entre revisar los exámenes de alumnos con resultados inferiores a ellos, o revisar los exámenes de alumnos que los habían superado.  La gran mayoría de “inteligentes” seleccionaron compararse con estudiantes que les había ido peor que a ellos, como un mecanismo inconsciente de mejorar su autoestima.  Contrariamente, los “esforzados” prefirieron revisar los exámenes de quienes los habían superado, con el fin de comprender sus errores y aprender de los mismos.  El último examen tenía el mismo nivel de dificultad que el primero, sin embargo, el grupo de estudiantes reconocidos por su esfuerzo mejoró significativamente, incrementado sus resultados en un 30% en promedio.  Su habilidad para desafiarse, aún cuando esto significará fracasar al principio, le brindó al grupo de “esforzados” un mecanismo de superación.  Contrariamente, las notas finales de los “inteligentes” disminuyeron un -20% en promedio.  La sensación de fracaso para este grupo fue tan desalentadora que sus resultados empeoraron.  El hecho de reconocer a los estudiantes por su inteligencia, va en contra del proceso educativo, ya que evita que los estudiantes participen en la actividad más relevante del aprendizaje: el aprender de los errores.  Nuestra responsabilidad como padres y formadores no es la de aislar a los niños del fracaso, sino más bien de brindarles las herramientas necesarias para aprender de sus errores y hacerles comprender que el fracaso es solo un componente necesario para el éxito. 
Muchas de las lecciones aprendidas en estos estudios pueden ser aplicadas también al mundo empresarial.  Cuando detectamos una oportunidad de mercado, muchas veces el miedo al fracaso nos lleva a tratar de minimizar todos los riesgos mediante análisis exhaustivos, sin darnos cuenta que el mayor riesgo es no hacer nada, o hacerlo de manera tardía.  Con el acelerado ritmo de las innovaciones, lo que hoy se visualiza como una oportunidad dentro de seis meses ya no lo es.  Generalmente, es más importante la entrada a un mercado con un producto regular pero con un “timing” correcto, que la entrada al mercado con un producto superior y a destiempo.  El miedo a fracasar nos lleva a “jugar a la segura”, evitando aprovechar los mejores márgenes que se generan en la etapa incipiente de un producto o una industria.  Si entramos ya cuando un producto se ha masificado, la captura de participación no solo se vuelve más complicada sino más costosa.  El fracaso se tiene que convertir en pieza fundamental de la innovación en las empresas e incluso se debería promover en vez de castigar.  Que hubiera sido del Ipod sin el fracaso previo de productos como el Newton? Como sería Windows 7 sin las lecciones aprendidas del fracasado Windows Vista?

Creo que ha llegado el momento de cambiar la frase “el fracaso no es una opción” por “el fracaso es una necesidad”.

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